miércoles, 13 de agosto de 2014

Satori VII

Ni el ángulo recto de
las paredes
Ni la noche profunda
Oscuro
en Silencio
Ni la perfección de la
Nada
Tras el ladrido Lejano
de un Perro.

miércoles, 2 de julio de 2014

De Robin Hood a Deleuze: o sobre cómo se hacen cosas con conceptos.

De Robin Hood a Deleuze: o sobre cómo se hacen cosas con conceptos.

ROBIN ENTRE LOS CONCEPTOS

Me interesan los conceptos, porque la gente los crea, después los cree, y después pasan cosas. Pero no siempre se puede volver atrás una vez hecho el chiste de crearlos. A veces le llaman problema de las consecuencias no intencionales de la acción (en este caso, crear conceptos como el de la regla de Ruffini, que alguien lo inventó, y sirve para dividir polinomios, y yo nunca los usé para nada a los polinomios desde que fui al colegio y los dichosos artefactos matemáticos me dificultaban un poco la existencia, que podría haber sido más relajada u orientada hacia alguna otra cosa más de utilidad o de mi interés, incluso dentro de las mismas matemáticas por las cuales siempre he tenido una afición no acompañada de talento, tal como me ocurre con la guitarra). Eso de las consecuencias no intencionales, recogiendo un poco el hilo, me produce reminiscencias del mito, que a mí los mitos que se presentan como tales suelen gustarme, de la caja de Pandora (que podría ser más bien un ánfora, según creo haber leído sin recordar bien dónde, y capaz que es asunto de TRADUCCIÓN; en eso de los helenazgos mucho no me meto pues soy casi un cero a la izquierda; más bien le pregunto a la Intérprete, que ella traduce Heráclito, es decir, lo interpreta, y eso debe ser groso...). Ripio aparte, el tema es cuando empezamos a creer en los conceptos. A veces sucede por voluntad propia, como cuando inventamos conceptos tipo Barsalou (por ejemplo, la categoría de objetos que podría comprar para el cumpleaños de Gómez) a los que hace referencia Hofstadter en su libro Surfaces and Essences, y nos servimos de ellos. Otras veces es medio a palos. Y paso a ejemplo.

Según he leído, en la baja edad media parece que los campesinos pobres no entendían muy bien el concepto de que las tierras, que transitaban y usaban libremente desde generaciones perdidas en memoria, a partir de no se cuándo y por obra de no se qué cosa que figura en papeles escritos en latin eran propiedad de no sé que Señor, y que no le vengan a andar cazando ni ocho cuartos ni nada raro por esos lares, que el Señor se enoja y le manda un hato de pandilleros armados y con perros, y van a ver cuántos pares son tres botas. (O yo mo lo imagino así, como una peli de Robin Hood; de todas esas que mi interacción con las PANTALLAS han sedimentado en mi memoria martillada por la cultura Pop, cosa que empezó a ocurrir mucho antes de que yo tuviera criterio para seleccionar la calidad de lo que entra por mis ojos; dicho sea de paso, una de mis preferidas es Robin Hood, man in tights, del gran Mel Brooks).

VIDEO

Hablando de pantallas, lo de nuestra interacción con sistemas físicos que producen imágenes dinámicas en dos dimensiones (digamos pantallas, para simplificar, aunque perdemos precisión puesto que hay otros dispositivos que producen imágenes dinámicas, por ejemplo la libretita con dibujos que varían muy poco y que hay que pasar con el dedo velozmente para que se "animen"; imagen movimiento podría ser otra expresión interesante), es todo un tema de lo más relevante para un antropólogo. Quizá ya existan trabajos al respecto. Si alguien sabe algo le agradecería referencias o ideas. Me pondría a investigar sobre el asunto, pero uno no puede andar en todo. Capaz que si a alguien le parece buena idea la toma, la investiga, y se hace famoso si resulta que era buena.

HOMO VIDENS

Homo Videns, de Sartori: tuve un PDF del libro, pero lo eliminé de la tableta electrónica ésta que uso para escribir (lo cual es bueno, porque lo de las copias no autorizadas de cosas que tienen copyright creo que va en contra de la ley, y lo hace rabiar al, por otra parte muy democrático, ecuménico (que no sé muy bien qué significa, pero suena lindo) y españolísimo Fernando Savater, en un bodrio que dice ser de ética publicado hace unos pocos años, y aclaro al señor Savater que por mi copia de todo ello he pagado hasta el último rublo; por mi parte, yo tengo otra ética, y largo ideas al viento sin preocuparme si alguien las roba o no, que la inteligencia humana es colectiva, y en épocas más nobles de la producción intelectual algunos hacían pasar buenas ideas propias por ideas de hombres ya famosos, más preocupados por la vida de las ideas que por el dinero y el Ego...); igual un par de capítulos al principio del libro del famoso politólogo italiano me leí a las apuradas; a Sartori le preocupa que mucha pantalla quizá nos esté haciendo medio bestia...

HOMO "SAPIENS" y TERRORISMO INTELECTUAL GEOMÉTRICO

Al libro de Sartori lo escuché citado por Menem, que lo debe tener al lado de las obras de Sócrates que también afirmaba, contra todo canon helenístico mas o menos reconocido, haber leído. (Carlos Corach daba las explicaciones del caso, si mal no recuerdo). Igual la cita era medio renga. Tenía que ver con transiciones como de homo erectus a sapiens a videns; algo así. Fernando Vallejo, en un ataque de misantropía vigoroso, y hablando, no sé si en serio o en joda sobre lo que considera las imposturas de los peces gordos de la física, le pone homo mendax. ECO SE HACE ECO de una tradición más antigua, que afirmaría más bien que el proprium del bípedo implume [que yo le llamo, pa tener una versión propia, no mucho más arbitraria que cualquier otra, mono "sapiens" (donde las comillas no son triviales), lo de mono como un tributo a Darwin, ya que según cierta sabiduría popular la teoría de Darwin dice que el hombre desciende del mono; algunos académicos se horrorizan, no sin cierta razón, ante semejante reduccionismo patanesco; lo cierto es que somos primates, parecidos al gorila, el chimpancé y el bonobo, en especial a este último, si bien le entendí a Frans de Waal; debería chequearlo en el el manual de antropología general de Harris que suele sacarme de semejantes dudas] es, volviendo a Eco tras el interludio, homo ridens. (Motivo de discusión en su novela El Nombre de la Rosa, entre el venerable Jorge y Guillermo de Baskerville; Jorge por la negativa de que Cristo hubiese sido risueño, si no me falla la memoria; y el que tenga fiaca de leer vaya a la peli, que no está nada mal, y se ahorrará de quedarse perplejo cada tanto por las parrafadas en latín que nos azota sin piedad ni traducción el gran semiótico piamontés). Lo que sería de notar, y es CONDUCTA SEMIÓTICA que no deja de asombrarme, es que las cosas suenan más importantes cuando se esgrimen latinazgos, griegazgos, y otros recursos simbólicos de escribas, pedagogos y aprendices de alquimista (fíjense que vide envoltorio farmacéutico ostentando el grandilocuente Cloruro de Sodio, que me hubiese amedrentado un poco si no fuera porque en mi barrio le llaman solución salina). Espinosa potencia el efecto al adosar a su latín el modo geométrico. A Nietzsche eso le parece histrionismo puro, y se pregunta qué clase de cosas se ocultan tras tamaño proceder. (Piensa que, por tanto, hay que interpretarlo; yo, mucho más humilde que Nietzsche, que no valoraba mucho la humildad, me limito a tratar de entenderlo a Espinosa, con muy poca fortuna la mayor parte del tiempo, dado que me cuesta un esfuerzo increíble y yo no soy ningún hercúleo, como no me canso de reiterar). En cualquier caso lo del aurea mathematica para mayor vender ideas no ha disminuido por las temporadas más recientes, y Jon Elster se lamenta de eso en un VIDEO que me resultó muy interesante (entre otras cosas porque tacha sin reservas a Marx de oscurantista, aunque en otra época le parecía un genio, una fuerza de la naturaleza, como puede leerse en un libro que se llama Una introducción a Karl Marx, y que publicó la editorial siglo xxi). Alguno recordará al vivo de Sokal y su transgressing the boundaries. Pero Taleb va mucho más allá, y trata a los economistas, en general, de patanes con ecuaciones que producen efectos perversos en la vida económica de las sociedades contemporáneas fomentando teorías que promueven acciones destructivas al distorsionar la percepción del riesgo; o,  dicho en su jerga: malditos fragilistas que provocan Cisnes Negros encerrándose (y encerrándonos a todos los demás) en sucker games. En una frase memorable, Taleb habla del formalismo del idiot savant, comparando, para utilizar una metáfora cinematográfica, a las luminarias de la economía con necios contadores de cartas como el personaje de Dustin Hoffman en Rain Man. Pero, volviendo un poco al cauce, todo esto comenzaba con el modo geométrico de la ética de Espinosa (Aristóteles, en su ética nicomaquea muestra un talante inverso al desalentar la pretensión de precisión geométrica en semejantes asuntos mundanos, tan difusos, delicados, y poco propensos a la generalizaciones, sobre todo las apresuradas). Y dejemos ya a Espinosa, cuya ética nos abruma por su monumentalidad y forma geométrica de demostración.

EL POST-SCRIPTUM DELEUZIANO

Para tejer una relación espuria que me lleve de vuelta al principio, debería hacer referencia a un libro que compré cuando todavía era estudiante, y estaba escrito por un reconocido variador de temas espinosianos, según confesión propia, llamado Gilles Deleuze. Pero como nunca le presté demasiada atención a ese mencionaré otro par. Recuerdo borrosamente un texto del tal Deleuze que leí por ahí (en un libro que se llamaba Conversaciones, y lo publicaba Pre-Textos). Algo así como una carta abierta a uno que parece que escribió sobre el propio Deleuze, y da la impresión de que a Deleuze algunas cosas dichas por el otro escriba (cuyo nombre no ha calado en mi memoria, hubiese dicho en la primera redacción de esto que escribo, pero en la etapa de corrección acaba de saltarme el nombre de Michel Cressole) no le terminaron de cerrar del todo. Procedería citar con más precisión la obra, pero en un seminario que di a maestros de Tartagal, que andaban en eso de convertirse en Licenciados (quizá para que les digan licenciados como aquellos simpáticos personajes de Roberto Gómez Bolaños que todos los epocalmente sometidos por estos mares del Sur a la reproductibilidad técnica del multimedia y la ubicuidad notable del Carnal de las Estrellas (Molotov dixit), como yo mismo, solemos conocer) en un seminario para Maestros y Maestras con hambre de licenciarse, decía, en el cual el libro de Deleuze alguien, que no recuerdo, me lo pidió prestado por un tiempo que hoy juzgo largo a la luz del retorno aún no ocurrido del volúmen a quien pagó por él, osea el escriba que esto escribe. Dicho en corto: el libro pareciera que me lo han birlao (y tenía un encuadernado muy bonito). Si lo tuviese podría leer en él un escrito que, acudiendo a mi débil memoria, he de comprimir brutal y absurdamente en las siguientes n oraciones. El símbolo "n" en la oración anterior se debe a que no sé de antemano cuántas oraciones me llevará el resumir el post-scriptum sobre las sociedades de control. Empiezo a contar. 1) Deleuze dice que Foucault decía que para controlarlos y saber cosas de ellos durante cierto intervalo espacio-temporal a los monos sapiens los apilaban en instituciones como el hospital, la prisión, la escuela, la fábrica, el regimiento, etc. Así se los cuadriculaba para que paguen impuestos, sean útiles, y no anden haciendo líos que impidan el negocio social del progreso, que se mide en bienestar y la promesa (un poco ingenua e irrealizable del todo, bien vista la cosa) de seguridad y protección contra todo riesgo (lo cual termina en eso que dice mi ex profesor de facultad, Jorge Lovisolo, de las comparsas de videozombis movidos por retropropulsión a bostezo, en acertado aforismo, como él mismo comenta al principio de su libro Alarmas, hablando de Adorno, si mal no recuerdo, que lo tengo en Salta al volumen que he adquirido, y que le he regalado a la Intérprete, por lo cual debo comprarme otro si lo quiero seguir leyendo...). Sacando el ripio, la primera oración dice que antes era eso del encierro. La segunda es que eso ya no va a ser más así. Ahora lo que va a funcionar -dice la tercera oración, excluyendo el prescindible comentario del que se encuentra preñada- es asignarles una cifra y controlarlos al aire libre. Total, los cencerros electrónicos se los ponen ellos mismos y, además, para qué los vamos a espiar mucho, si ellos solos exponen su vida como cartelera y sacan fotos como japonés de una peli de los ochentas, y todo graban y todo comentan, y ahora para el burlesquerío chabacano, el correveidile, y la alcahuetería no escasean los medios. (Yo siempre digo que el sistema bancario sabe de algunos aspectos de mi vida más que yo, que, siendo más joven e imprudente, me he visto envuelto en maratones de consumo de bebidas alcohólicas, de esas en las cuales uno sale a medianoches con un designated driver, que debería estar completamente sobrio por prudencia y según establecen las ordenanzas vigentes, y en esas circunstancias uno tiene menos reticencia a seguir invirtiendo en intoxicación en vez de beber con moderación, como sensatamente nos recuerda, en responsable conducta semiótica plena de ciudadanía activa, la leyenda que todo envase de aquellas espirituosas sustancias debería ostentar, según normativa que no podría citar con precisión de pura ignorancia; así que a veces ni yo me acuerdo de por qué ando con menos plata, pero consultando los registros bancarios puedo hacerme una idea más ajustada de la que mi memoria aplanada por sustancias psicoactivas, como el ferné, me ofrece). Todo lo cual hace cada vez más ardua la privacidad, en medio de la proliferación de ojos y oídos electrónicos, y toda clase de dispositivos de registro a disposición, por ejemplo en esos cachivaches que se usan para "comunicarse" y "conectarse" (tema este sobre el que investigo para mi tesis de antropología, que espero sea tan divertida como la que le procuró a Castaneda su doctorado en Berkeley, aunque no me tengo tanta fe...). Por suerte ya casi no tengo cosas que esconder, mucho más allá de mis partes pudendas, y otras guarangadas que me ahorro gustosamente para darle el gusto a las abuelitas de tener modales básicos que propicien la convivencia y la colaboración entre los primates de nuestra especie y el entorno que posibilita su existencia. Mi abuelita sería menos barroca. Me diría que haga lo que mejor quiera con mi vida sin hacer daño a otros, y que me acuerde de ella de tanto en tanto; y no le desagradaría que alguna vez vaya a misa. (O al menos yo creo que ella aprobaría lo dicho en esa oración. Espero acordarme de preguntárselo para salir de la duda. Igual estando escrito tendrá un soporte (físico-electrónico, en este caso, y, por lo tanto, dependiente de energía eléctrica). Pero si se pierde no es tan grave. Así como el extraviado libro de Deleuze. Aquel donde está el post-scriptum, que yo comprimí bestialmente en tres oraciones.

1. Foucault habló -diz Deleuze- de las sociedades disciplinarias cuyo mecanismo principal de poder eran instituciones de encierro.
2. Nuestra sociedad se encuentra en mutación a algo distinto, a saber:
3. Sociedades de control: se le asocia una cifra y se los controla al aire libre. (Y hay que recordar que una de las lecciones del Panóptico es que, una vez disociada la pareja ver-ser visto, una vez generada la asimetría, lo importante no es que la mirada esté fija en las coordenadas a vigilar, sino la virtualidad, el hecho de que sería posible fijarla cuando se lo considere necesario).

RECORRIDOS POR LA VERY IDEA OF CONCEPTUAL SCHEME

No tengo ni la menor idea si lo que Foucault o Deleuze dicen es así como ellos dicen. Tienen una forma de escribir que a mi me resulta no pocas veces ininteligible. Y cuando uno no está seguro de lo que significan las cosas, mejor es no andar opinando a favor o en contra. (Al menos a mí me parece que no es una actitud epistémicamente virtuosa, y no pocos filósofos recomiendan el minimalismo en materia de opinión, y a mí el estilo minimalista me puede; tanto así que pongo, de puro paradojo, un pomposo y poco efectivo barroquismo desmañado y carente de originalidad al servicio de abogar por la causa más austera del minimalismo expresivo; que es como haz lo que yo digo, no lo que yo hago; pero digo en mi defensa que cuando sostengo firme una proposición (que no sé muy bien por dónde agarrarlas, y en ello me asiste el gran Willard Van Ormand Quine, que las ningunea sin más, y desde un punto de vista lógico) trato de enunciarla breve y claro, siendo lo demás ripio y jugueteo del que todo lector serio, y con cosas más importantes que hacer, puede prescindir). Sobre lo que no se puede hablar es mejor callarse, le traducen a Wittgenstein; y en eso no puedo no estar de acuerdo con él [El otro día pensé en comenzar un texto sobre las proposiciones del Tractatus que no entiendo, y es un laburo de la gran flauta, porque no estoy seguro de entender la mayoría (la de callarse creo entenderla; y también una del principio en la que dice que cree haber resuelto definitivamente los problemas, en lo que se equivocaba, porque unos decenios después parece que ya no opinaba lo mismo...) y creo que empezaría por esa en la que dice incidentalmente que los objetos son incoloros)]. Pero yo estaba hablando de Deleuze, para relacionar el tramo de Espinoza con el mismísimo comienzo de este pequeño escrito, que ya se va prolongando mucho, en el que hablaba de mi interés por los conceptos. Deleuze dice, en un libro que busca precisar el concepto de filosofía (en un lenguaje no pocas veces abstruso, y en su momento vapuleado por el famoso Sokal) que la filosofía tiene como actividad propia la creación de conceptos. En ese sentido yo no soy filósofo. Si supiera lo que son los conceptos (creados o no) preferiría definirme como tester de conceptos (ponerlos a prueba para ver si resisten, o filosofar a martillazos, para robar una frase que me gusta muchísimo; los que resisten son conceptos robustos, los que mejoran con los golpes, antifrágiles, y los que no resisten... Bueh, no resisten (sin parar ni un segundo de robar ideas ajenas, de Nassim Taleb en las líneas más recientes)). Aunque me gusta más definirme como malabarista conceptual y pirotécnico verbal, con una cierta ética decimonónica cuasipositivista, si uno le cree a interlocutores y detractores que he encontrado por ahí, de intentar adquirir herramientas de objetivación (por si alguna vez es necesario encoger un poco del Ego para ver qué hay en eso que es más grande que nosotros y de lo que formamos parte, llámese mundo, o la burbuja personal, como me gusta decir un poco en chiste, y un poco para hacer gala de subjetivismo disciplinado y fenomenológico). Podría expresarlo de otro modo diciendo que me gusta recorrer conceptos, métodos y técnicas de la ciencia y la filosofía para escrutar si tienen trucos que sumar al repertorio más venerable de la sabiduría de los antiguos y de las abuelitas. Labor de escombrero conceptual, que busca hacer lugar para lo importante (lo subjetivamente importante, sin mucha pretensión de universalidad). Explorador de ciertos nodos de nuestra "red conceptual". Al menos de las cosas que sobre ellos se han escrito en libros, esos objetos a los que apuesto todo el tiempo en el sentido más estrictamente monetario y tangible de la palabra, y otras formas de soporte de la escritura. Me intrigan conceptos (para empezar, el mismísimo concepto del concepto) y me gustan los libros.

OPACIDAD REFERENCIAL Y LA ÉTICA DEL SILENCIO

Por eso lo repito: los conceptos me interesan, Deleuze o no Deleuze. Entre otras cosas porque no sé si existen (nunca vide), aunque cuando la gente empieza a creer en ellos ocurren cosas a nivel material (por ejemplo, el concepto de papel moneda, que uno se lo entrega al verdulero y obtiene a cambio vegetales para la ensalada, y que no radica sólo en la materialidad del papel, porque el dichoso ente pierde la magia, hablando otra vez de conductas semióticas, según fronteras espacio-temporales algo difusas, por no mencionar los humores y/o meteduras de pata de algunos funcionarios y funcionarias). Por lo pronto, estoy intentando entender si hay algo a lo que hagamos referencia cuando hablamos de conceptos (siguiendo de forma muy idiosincrásica una indicación de Frege relativa a la conveniencia, a la hora de evaluar conceptos, de pispiar si hay algún objeto al que se aplique), masomenos como uno sabe que hay algo a lo que hace referencia al hablar de vasos (osea los mismísimos vasos, esos en los que uno se sirve líquidos para beber, y que suelen haberlos de vidrio, plástico, metal, etc...). Y si alguien me pregunta por un vaso, le muestro uno si tengo a mano, y confío bastante en mi habilidad para reconocer esa clase de entidades que, si le preguntan a otro de mi misma comunidad lingüística (en mi barrio decimos jocosamente que hablamos en coya básico), creo que también diría (en una de esas poniendo cara de qué le pasa a éste que anda preguntando obviedades estúpidas por la vida (Es un vaso, hombre!! Que acaso le han amputao los ojos cual Edipo en su momento más tragédico!!)) que un vaso es un vaso es un vaso. Ahora bien, si me piden que muestre un concepto, como quien esgrime un vaso, no sé muy bien qué haría. Mi entendimiento suele ser tierra yerma para cierta clase de materias sutiles. Pero le juro que yo igual le pongo ganas y buena voluntad, y quizá en el futuro prolongue estas pobres y caóticas meditaciones, intentando que la inspiración me encuentre trabajando, y alguna musa quiera servirse de mí para que ese misterioso hecho estético, esa revelación instantánea, ocurra a través de un humilde servidor, que sólo ejercita sus técnicas, a la espera de algo para decir que valga el abandonar deliberadamente la sana elocuencia de un buen silencio. En apretado aforismo diríase: el silencio es una opción sabia, y yo parezco violar el precepto cada vez que lo enuncio. Ya me callo. Lo juro. Y eso es una cosa que no sé si puedo hacer con palabras (o con conceptos).

sábado, 22 de marzo de 2014

Monkey Bussiness


“In other words, people who spend their time, and earn their living, studying a particular topic produce poorer predictions than dart-throwing monkeys who would have distributed their choices evenly over the options”. (Daniel Kahneman).

MENARD Y LOS MONOS
Yo apostaría en contra de que Pierre Menard o cualquier otro mortal escriba algo que sea remotamente parecido, signo por signo, al Quijote (suponiendo que haya alguna clase de cosa que sea el Quijote platónico, ayuno de cualquier errata o corrupción). Menos por valorar el Quijote que por pensar en las combinaciones posibles, y en las maneras en que la operación podría fallar. Excepto que sea inmortal, y aporrie las teclas al azar como un mono durante una considerable cantidad de tiempo, en cuyo caso, si la paciencia es grande, no puede más que ocurrir.

MONOS MONTE CARLO
La analogía del azar como monos tirando dardos. Y la de peligrosidad como monos con navaja. Me hago el blanco, un cuadrado que podemos dividir en cuatro cuadraditos iguales que representan la unidad. Ensamblamos los cuatro y tenemos un cuadrado grande. En ese cuadrado grande, en el extraño punto central, que es el único que comparten los cuatro cuadraditos ponemos el compás y dibujamos un círculo que tenga un radio 1, igual al lado 1 de los cuadraditos. Entonces la medida del cuadrado es cuatro algo al cuadrado, donde algo es la medida de longitud. Para la etapa siguiente del experimento se necesitan dos urnas, un mono, y una cantidad conveniente de bolitas (según mi experiencia lectora, parece que en estadística las urnas llenas de bolitas son importantes (al menos para los autores de manuales)) que podamos distribuir en una partición binaria (osea que haya alguna función característica computable para el conjunto en cuestión), por ejemplo muchas rojas y una cantidad menor de negras (si tiene dudas, metale mitad y mitad, nomás, que mientras tenga muchas no importa si sobran; ahora bien, ante restricción presupuestaria yo diría que ahorre un poco en negras). Podemos pintar el círculo de rojo, y se verá que sobran unas figuras casi triangulares cerca de las diagonales mayores, si pintamos lo que no es círculo, pero sí blanco, de color negro (obtenemos cuatro cuadraditos separados en dos por un arco donde la parte convexa es roja y la cóncava negra). Aquí es donde entran en juego el mono y, quizá, un ayudante de investigación. Entonces, se le dan dardos al mono quien, más o menos, debe actuar como si su función en el mundo fuera lanzar dardos al azar en experimentos de laboratorio, y tratando de que todos los dardos caigan en el blanco y ninguno en la pared, o que pasen de largo si no hay pared detrás del blanco (aunque puede solucionarse de forma más sencilla, como explico más abajo). Bueno, garantizado lo anterior, el investigador, o su ayudante, pondrán una bolita roja en una urna cuando un dardo pegue en la zona roja, y una bolita negra en la otra urna cuando pegue en la zona negra (quizá alguien, si el mono no es muy ladino, pueda hacer como de ball boy e ir retirando algunos dardos como para quitar fricción en el experimento, que los dardos pronto empiezan a apilarse en el blanco y a produccir interacciones causales que violan las clausulas ceteris paribus para la experiencia). (Solución al problema de los dardos que caen afuera: no entran en la muestra, es decir, no hay que poner ninguna bolita en ninguna urna; y sólo cabe esperar a ver qué pasa en el siguiente dardo, lo cual puede convertirse en algo muy penoso si el mono tiene muy mala puntería o la mínima mala voluntad; una derivación del experimento podría ser un coeficiente de eficacia para monos, poniendo un nuevo ayudante de investigación con bolitas para los dardos que pegan o no pegan en el blanco, y sus correspondientes urnas, para que no se le mezclen con las de la otra medición; no sé si es recomendable desestimar a los monos que tiran muchos dardos afuera, dado que, a fin de cuentas, son monos de la muestra). Al finalizar, recuerde que el cuadrado grande vale cuatro de algo al cuadrado (porque son cuatro cuadraditos); lo que es más jodido es calcular el área del círculo, aunque ya el mono lo hizo por usted. Si fueron pacientes en registrar una cantidad significativa de lanzamientos, deberían contar las bolitas negras y rojas, que guardan las claves de las proporciones entre las áreas del cuadrado grande, del círculo rojo, y de esas ínsulas cóncavas, triangulares y negras que circundan a las diagonales del cuadrado grande. Círculo rojo de radio unidad: en la proporción de las bolitas se esconde una aproximación a la vieja pregunta por aquella otra proporción entre el diámetro y el perímetro, que tanto desvive a los matemáticos (según me han dicho, uno podría seguir aproximando por siempre; o al menos nadie ha encontrado una pauta discernible). Un francés de apellido Buffon pensó, para el mismo problema, en monos tirando agujas en un piso rayado, aunque a falta de suficiente cantidad de macacos, y de tiempo para que un notario registre cuántas agujas tocan las rayas del piso, la cosa quedó en teoría, nomás. Las computadoras pueden reemplazar monos, pero ya entramos en el terreno de lo pecaminosamente (según dictum de Von Neumann) pseudo.

De todos modos, nunca vi un mono tirando dardos (excepción hecha del primate obvio). Aunque comparto la idea de no prodigarles navajas cuando uno sabe que son monos.

MONOS TYPEANDO
Nassim Taleb imaginó, con alguna licencia poética que me tomo, una cantidad inmensa de monos (digamos que los disponemos bajo un tinglado grande, pero muy muy grande...), aporreando máquinas de escribir (bastante resistentes a los aporreos, claro está). Si el número de sistemas mono-máquina es lo bastante extenso, podemos apostar con tranquilidad a que alguno de ellos escribirá Ilíada (aunque esto es matemáticamente inobjetable, la facticidad del experimento puede ponerse en cuestión: no veo que en el futuro próximo estemos en condiciones de fomentar la reproducción de los monos requeridos, a los que habrá que alimentar y cuidar, puesto que estarán mayormente abocados a tareas literarias; por no mencionar tampoco el tema de la fabricación y mantenimiento de sus biyectas monkey proof writing machines, aunque algún proveedor de insumos salivará como perrito de Pavlov ante la sola idea del pliego de licitación para un pedido semejante). Lo importante es que Taleb no recomienda, muy sensatamente según creo, apostar a que en el futuro próximo a semejante evento el mismo mono escribirá Odisea. Pero si uno es paciente puede pensar en una familia de monos que se pasan la responsabilidad del aporreo de generación en generación, con una máquina reemplazable según conveniencia (reemplazos que, por supuesto, respetarán el conjunto de símbolos básicos). Con tiempo suficiente alguno de los monos será Pierre Menard, al menos por un rato. De hecho, podemos contar con acercarnos asintóticamente a la biblioteca de Babel dejando que el tiempo pase y pase, mientras monos aporrean sus teclados de forma impenitente. Las resmas de papel requeridas pondrán todo presupuesto al borde del colapso; pero logrando superar ese escollo los volúmenes de la biblioteca crecerán sin parar, con los problemas de catalogación que, seguramente, tendrán que emerger. Se podría, además y para complicar un poquito la cuestión, armar un par de comisiones en competencia encargadas de discutir y proponer formas alternativas de disposición de las hojas extraídas de las máquinas de los monos, distintas de la meramente temporal. Pero si uno desconfía de las comisiones podría imaginarse alguna clase de mecanismo menos estructurado. Quizá en la familia de monos podrían turnarse: unos aporrean las máquinas, mientras otros tiran dardos para establecer órdenes posibles a las mecanografías sucesivas. En cualquier caso, para la factibilidad del experimento deberíamos descartar la posibilidad de monos compulsivos que nos encierren en bucles, extraños o no...

CUALQUIER MONO PUEDE GANARME
Por idénticos métodos, cualquier mono podrá producir ideas más brillantes que cualquier cosa que yo, en mi mediocridad y finitud, pueda pergeniar. (Claro que lo mismo se aplica a Carl Sagan, Stephen Hawking, Axel Kicillof o Martin Heidegger, y todos los premiados desde Alfred Nobel al día de la fecha; lo cual, al menos psicológicamente, tranquiliza un poco...). En cualquier caso, el problema de la Biblioteca siempre ha sido, y seguirá siendo: cómo buscar la idea correcta, y cómo reconocerla cuando se la encuentra. Pero para eso no tengo ninguna solución. Quizá algún mono-máquina la encuentre algún día.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Heráclito en el paraíso

Heráclito el Oscuro,
Le llamaban,
Y era conocido, casi
Exclusivamente
Por eso de que nadie se
Baña
Dos veces en el mismo río.

Y la frase que se
Atribuye
A Heráclito
La refutábamos sistemáticamente,
Cuando íbamos a buscar
Lo Que Se Encuentra
En los campitos del paraíso,
Y luego mojábamos las patas en el
Río
En que se encuentra aquel
Árbol
Que siempre decimos que es
Amistoso
Y que jura
En Silencio
Que el río sigue siendo el
Mismo
Aunque el agua sea distinta.

sábado, 16 de junio de 2012

Interdicto



A un Tranco de
Cordura
Me permito sólo
Admirarte.

Mezquinaré, dolorosamente, la
Pulgada
Que me libre a mi
Deseo.

Y Nunca madrugaré en tu
Abrazo,
Mi Niña Querida,
Nunca...

Complemento I


Un día se levantó, sintió que ya no llevaba peso encima y elevó una humilde plegaria a algún panteón. No vaya a ser que algo exista. Pero no fue una apuesta pascaliana. Más bien un reflejo de pensar que el todo es más que la simple suma de las partes, o de suponer que uno no es lo más grande que hay. En todo caso, al viejo tiempo y al dulce olvido había que rendirles algún tributo. Dicho sin ambages: una leve inclinación hacia lo sagrado. Eso que los intelectuales nunca terminan de comprender, y que traducen a su filisteísmo barato.

Disfrutó su café doble al ritmo de cada inhalación, sintiendo que el aire llenaba plenamente sus pulmones. Las medialunas saladas de la estación de servicio estaban tan buenas como siempre. El noticiero de fondo no pudo capturar su atención como era costumbre, pero tampoco tenía ganas de leer. Simplemente miraba a través del vidrio las plantas y los edificios de fondo, sin fijar la vista en nada, y sintiendo la consciencia ingrávida y vasta. Todo y nada parecían abombarse en el fondo de su cabeza. Sin pesadez, sin atención. Volvió en sí después de un rato pensando en unos versos que había apurado tiempo atrás y por otras razones:

                “Qué lástima que tu recuerdo ya no lastime…”

Le pareció un juego de palabras simpático, pero era necesario construir otros para cristalizar su micromundo actual. También supo instantáneamente que no sería favorecido con la revelación por el momento, así que miró una mirada que le fue devuelta. Y sonrió.

En las burbujas de la soda del café encontró una respuesta. Quizá no la correcta, pero al menos tan buena como cualquier otra. Siempre tuvo inclinación por lo verdadero. Aunque sabía desde años antes que no sólo la verdad es eficaz. Todo un asunto. Pero al menos tenía el aspecto de una respuesta suficientemente clara: le habían devuelto su alma. Los secuestradores hacía rato que ya no tenían presencia física en su entorno, pero por alguna razón la cosa no terminaba de cerrar. Un muy buen sueño, parece, fue la excusa ideal para el reencuentro que, como todo lo bueno, no pudo más que ocurrir en silencio. Ahora que había vuelto, pensó, podría entregarla de nuevo cuando se alineasen los planetas. Aunque desde el sótano poco profundo de algún inconsciente le brotó cierta incomodidad. No sería en estos días, pensó con algo de melancolía, fugaz por suerte. Tendría que hacerle cuidados intensivos por un tiempo. Los secuestradores son malos nutricionistas, en particular en lo que a almas se refiere.

Salió del veinticuatro horas donde le gustaba el café y las medialunas saladas (y también los pastelitos con membrillo). El aire de la mañana temprano estaba muy fresco como le gusta cuando quiere caminar. Completo y libre, otra vez…

miércoles, 2 de mayo de 2012

Salta no existe, o la perfección del capitalismo


(Debo a Pancho y al Oso ideas esenciales)

Las empanadas están en el borde inferior de la religión. Hay gente que se juega, en duelos gauchescos, la vida, y por qué no la bolsa, vociferando cuchillo en mano la receta, y echando espuma por la boca al espetar, en estocada final, el secreto de la cantidad precisa de comino en el relleno. La receta que, al parecer, Moisés recibió del mismísimo Chuck Norris en el Monte Sinahí. Tengo entendido que se ha fusilado, en ritos militares improvisados al efecto, con cuadros de tiro en los que la mitad son churrinches para mayor saña, o quizá sólo de pobreza, a denostados herejes que fueron lo bastante ingenuos como para sostener en público que no consideraban un pecado mortal el inserte casual de pasas de uva en ella: La Empanada. En mis pagos La Empanada está en el umbral inferior de lo sacro.

En realidad, bien vista la cosa, y con cara de filósofo analítico: la empanada no existe. Es una entelequia. Es la idea de poner un guiso adentro de una masa, decía un ateo que se creía vivo. Y ponía cara de sagaz cuando se imaginaba desarmando dialécticamente a los contrincantes con una sencilla pregunta: ¿Cual es el límite entre una empanada y un calzón napolitano? Hay tantas recetas que La Empanada es como el nombre de la rosa ¿Donde queda la empanada en sí platónica cuando las doñas retiran de la ventana el cartel de "se vende empanada"? Así, sin un plural que tenga la onda de coordinar el concepto (puesto que es de suponer, por caridad interpretativa, que se vende más de una... Por lo menos tres, piensa uno, sin poder evitar acordarse de Luis Brandoni diciendo "tres empanadas"; aunque en realidad nunca dice exactamente "tres empanadas", como tampoco maquiavelo dijo, literalmente, "el fin justifica los medios", pero andá a discutirle a una tradición... Es más fácil callar un chancho a palos. Es como meterse con el Che o la Madre Teresa de Calcuta, que a veces la misma persona defiende conjuntamente, sin atisbar el más mínimo esbozo de sensibilidad a la contradicción ideológica. La monja y el Che son sagrados. Igual que la empanada.)

En fin, la doña pone el cartel de "se vende empanada", por encima del mas choricero "se vende juguito" (a lo que debemos aplicar, mutatis mutandis, consideraciones en completo análogas a las que ya se hicieron más arriba, con la excepcion de que el juguito no es sagrado, sino más bien una muestra de lo bajo que la iniciativa empresarial cae en nuestro país, y eso ya desde la más tierna infancia), decía, del cartel "se vende juguito" de los mellis, y el salame de su vecino el rulo, que no entiende nada, pero que los mellis sumaron al negocio para no dejarlo fuera.

Volviendo al tema principal, La Empanada es, por lo menos, según mi absolutamente incorroborada opinión, el sostén de la economía de Salta. Sino pregúntense: ¿Cuantas doñas ponen el cartel en la ventana de "se vende empanada" por fin de semana en innumerables vecindades de Salta? Son, literalmente, innumerables. El comercio de La Empanada, la que se vende en singular, con lo que, poniéndole mucha onda y hermenéutica dulcemente paternalista, casi peronista, diríamos que es porque quieren elevar el mensaje subliminal de que su modulación particular de la entelequia es única dentro de la realidad oceánica del volumen total de la competencia. Es decir del conjunto de doñas que se dieron a la maratonica y olímpica tarea de amasar empanadas en cantidad tan innumerable como innumerables son las doñas que venden La Empanada, la sagrada Empanada en singular, en muchísimas unidades habitacionales de nuestra gloriosa comarca. La Empanada, ese noble Arquetipo suscitador de pasiones encendidas, y su informal comercio, es ubicua. Yo estoy convencido que el comercio informal de La Empanada sostiene la economía de Salta, y porqué no, ya que los salteños somos tan exagerados como el resto de los argentinos, o quizá un poquitito menos, la mismísima economía universal, y todo eso de la soja no es más que un control propagandístico que nos quiere velar la realidad subyacente de la economía corporativa.

Yo, dada la ubicuidad sorprendente de La empanada, que lo pongo en minúscula y comienzo a recelar la posibilidad de ofender a algún gaucho estalinista, de esos que sacan el facón ante la sola idea de ponerle pasa de uva a La Empanada, lo vuelvo a poner en mayúsculas porque la sola idea de malenquistarme con esa gente me da mas miedo que decirle que Freud era maricón a un lacaniano. Pero volviendo a la ubicuidad de La Empanada, dije al comenzar el párrafo "Yo", porque ahora tengo que hablar de mí como todo tipo egocéntrico, para decir que a veces tengo ideas geniales y no las pongo en práctica de puro vago, y otros casi tan vagos como yo me las roban, las mutilan, les liman las complejidades y las venden en cómodas dosis, como los juguitos de los mellis con el tarado del rulo. O La Empanada de las doñas. Mi idea genial ni siquiera era práctica, era teórica.

Mi idea era que, dada la ubicuidad del comercio informal, y semi formal, en microemprendimientos y pequeñas y medianas empresas, de La Empanada, era imposible ponerla en forma de franquicia. ¿Quien te va a creer una marca registrada "La Empanada"? La Empanada es de las doñas y los gauchos, y de todos nosotros, que andamos abultando el ombligo detrás de una Empanada fritanga en el carrito en el que la doña la frita, y te la vende en un trozo de papel madera junto con los beverages, algunos etílicos y otros no, o la mezcla del vino con coca. Entonces yo pensaba, ingenuamente claro, porque a uno siempre le queda algo medio zurdito adentro, sobre todo si se hace el escribiente y estudió humanidades, que La Empanada es tan popular, y sagrada para los gauchos de verdad, no como yo que soy un farsante, que era impermeable al capitalismo. Simplemente no es creíble una franquicia de la empanada. Me parecía un axioma tan claro como el axioma de las paralelas de Euclides, el popular quinto axioma, creo, o al menos como el cogito ergo sum de Descartes. Pero un amigo, que tiene mucho más mentalidad comercial que yo, que cualquiera la tiene, dicho sea se paso, porque yo de eso nadas, me retruca que aquí no puede andar. Pero andá y montá la franquicia La Empanada en Atlanta ¡Atlanta! Es como el Eureka de Arquímedes. El punto arquimédico que, si no mover el universo, al menos permitiría torcerle el brazo a la sacralidad local de La Empanada ¡Genial! Poner la franquicia AFUERA, en el mismo IMPERIO, e invadir todo desde allí. Y los yanquis, que escuchan las conversaciones que uno tiene a través del micrófono del celular que uno lleva en el bolsillo, escucharon mi atrevimiento de desafiar la omnipotencia del capitalismo global con mi humilde y kuschiana religioncita de gauchos, ósea el carácter sagrado de La Empanada, y la idea de mi amigo de fundar la franquicia en Atlanta, y lo hicieron, pero a lo GRANDE. Tanto, que una versión diluída y estándar, con pasa de uva, de La Empanada, llegó a hacerse mas famosa que la Big Mac, que hoy es más importante que el patrón oro, según dice un amigo mío, que además es un groso, porque, entre otras cosas, es amigo en serio del Bafle Montaldi, no como los demás que sólo lo somos cuando la cana nos para manejando machao y nos quieren hacer la alcoholemia, y eso es casi como ser amigo de Chuck Norris. O de Bruce Lee, por lo menos. La cuestión es que surgió un movimiento separatista y reivindicativo, que lideraba un cacique con títulos no del todo claros, aunque siempre conviene, si uno va a reclamar derechos originarios, poner alguien de pueblos originarios a la cabeza del reclamo, aunque sea medio apócrifo, total ¿Quien se va a dar cuenta? Incluso cuando en los pueblos originarios mucho no se sabía de La Empanada, que es un objeto sagrado más bien postrero. Pero la cosa es que el Movimiento intentó, no sin bastante razón, pleitearle a la franquicia corporativa multinacional worldwide La Empanada, de Atlanta, sus derechos, para volver a atomizarlos en el acto solemne de devolver La Empanada a las doñas y los gauchos del noble pueblo del valle de Salta, y a todos nosotros, que nos damos a la gula, a pata suelta, cuando de La Empanada se trata, sobre todo si es fritanga en pella con vino tinto o, más recientemente, La Birra (que evoluciona hacia la sacralidad, entre los más pibes). Fue entonces que, como me imaginé automáticamente que sucedería después de escuchar la idea de fundar la franquicia en Atlanta, la corporación decidió destruir Salta, y borrar toda huella de que alguien haya inventado La Empanada fuera de Atlanta. Total, después le pagan a un escritorzuelo como yo para que escriba un guión explicando que la empanada es de Atlanta. A los iraquíes no les perdonan que ellos hayan inventado la escritura, y los siguen invadiendo de onda, porque pueden, nomás. E inventan carteles gigantes a lo Vegas, porque si alguien inventó la escritura, ellos lo pueden llevar a un nivel aun más GRANDE. En fin, la cuestión es que mandaron sendos batallones de negros y portorriqueños, que, sin saber muy bien a qué venía todo el rollo, destruyeron prolijamente todo vestigio de Salta, cual Roma y Cartago, lanzando misiles a lo Robotech (y dejando intacto El Paraíso, porque son brutales, pero no tontos para los negocios, y reservarlo a los fines de montar un COUNTRY GRANDE, ayuno de toda clase de pobres, donde puedan hacer escala Brad Pitt y Angelina Jolie cuando vayan a dar de comer a un par de pibes panzudos de Sierra Leona, o algo así). Chau Salta. La empanada es de Atlanta, y punto. Y es más GRANDE que la empanada salteña, que nunca existió. Ontológicamente por ser una entelequia. Pero en términos más prosaicos, simplemente porque los Marines se aseguraron de ello.

Ahí me dí cuenta de que mi idea, puramente teórica, la resistencia de La Empanada a ser reducida a franquicia, mi solitaria, triste, pura, prístina, intelectualoide, curiosidad intelectual e hybris teorética, de saber si La Empanada era resistente al capitalismo, había precipitado la extinción de mis comprovincianos y de todo el paisaje y/o topología circundantes por obra y gracia de la iniciativa del capitalismo global. Y todo porque los yanquis siempre tienen que pensar en GRANDE. Ellos tienen que tener más. Para ellos no es una opción psicológicamente viable la idea de que alguien tenga algo más GRANDE. Es como el vecino del barrio que, cuando éramos chicos, sus padres tenían más plata, o más disposición de comprarle cuanta pelotudez se le cruzaba por la cabeza al muy gordo bala nene de su mama, y si vos te comprabas un autito de cinco guitas él al rato tenía que aparecer con uno de seis. Así son los yanquis, que tienen una relación simbiótica con el capitalismo. Porque NADIE puede tener algo, y ellos no. Te roban la idea y la hacen GRANDE. Aunque le estrujen y exterminen, pasándole el trapo de piso, hasta el último hálito de algo sagrado, profundo, y de buen gusto. Lo van a hacer GRANDE. Y tienen una frase maravillosa, los amo cuando la dicen, y sacan a brillar su más pueril y hermosa brutalidad. Ellos lo van a hacer BIG TIME. En pantalla gigante, y van a contratar a gente más grosa de la que vos podrías pagar, que vendería su alma igual que yo a los yanquis para que ellos hagan algo GRANDE. Porque yo, soy argento, señor, y con las monedas que los yanquis me paguen para tener DERECHO a hacer algo GRANDE yo, que soy mediano y vago, me paro para el resto del viaje.

Yo escribo un guión, ponele. Creatividad tercermundista pura, de ladri argento que la quiere zafar de una buena vez, porque en el colectivo se va muy apretao, y más cuando hace calor. Me compran el guión en el que, por una vez en la vida, laburé con martillo y cincel como seis meses. Más tiempo no, porque es mentira. Yo no soy ningún ruso de esos que escriben novelas por metro, como chorrocientas páginas ¿De qué? De nieve. ¡Qué mas mierda va a haber en Rusia! Así derrotaron los rusos a Hitler y Napoleón, y un ruso no es mucho más que un argentino. Pero se los comen crudos a todos porque tienen cantidade insanas de nieve y con eso les sacan hurta a sus contrincantes. Y claro, ellos se bancan toda esa nieve porque son rusos, y eso es groso. Pero no, los yanquis les tenían que ganar. Aunque el país de ellos fuera más grande. Los yanquis les ganaron, dicen ellos en History Channel, la guerra fría, nada más que para ser más GRANDE. Ya que no físicamente, al menos en los libros de historia. Y como sabían que los rusos son capos aguantandose volúmenes insanos de nieve, y escribiendo novelas muy grandes, se abstienen, con muy buen criterio, de hacer la gran Hitler-Napoleón, empantanándose de forma irreversible en cantidades increíbles de agua bajo cero, pero les sacan las novelas, y le pagan para convertirlas en guión cinematográfico a un escritorzuelo, como yo, una cantidad X de plata, que para mí es un toco pero para ellos es la plata con la que compran chicle o tabaco para mascar. Y al ejecutivo que me paga, otro ejecutivo, desde Atlanta, le dice por celular megasatelital, sin que le importe si yo escucho o no, que me pague lo que yo quiera, total soy un pelagatos del tercer mundo sin bastante mentalidad comercial como para pedir algo suficientemente GRANDE como para que a ellos les haga sudar un poquitito la palma de la mano. E inspirados, vagamente, en mi guión, al que le falta una genuina vocación de ser GRANDE, porque ciertamente yo soy bastante mediano, te hacen un Doctor Zhivago, que bien vista no es una peli tan grosa como dicen, es más, nunca la pude terminar de ver, y te monopolizan la mente con SU VERSIÓN GRANDE de lo que es un Ruso. Y esa es mi representación de un ruso. Gente que se ve como los que salen en la peli del Dr. Zhivago.  Y para mí, culpa de que nadie me protegió la mente o me blindó el cerebro contra las brutalidades de la cultura pop, un ruso es como Omar Shariff... ¡Omar Shariff! ¡Cómo va a ser un ruso como Omar Shariff! ¡Si parece el hermano gemelo de Sadam Hussein! Pero los yanquis te compran el libreto, lo hacen GRANDE, te pagan el vuelto tercermundista que vos les cobras, sacando hurtas como buen argento, pero ellos ni se enteran porque tienen mas plata aún, aunque yo de esa manera me pararía para el resto del viaje. Porque con mi guioncito intelectualoide, uno no pasa de algún festival de cine independiente, en algún país de Europa del Este (donde están, dicho sea de paso, algunas de las mujeres más hermosas del universo), de esos que parecen una quermés de mi barrio, y donde los autoproclamados artistas de la dirección y el guión usan polera negra abajo del saco, y barbita, una pipa los más osados que no temen al cliché, y anteojos de John Lennon, pero más ordinarios. Pero, si uno tiene mucha suerte, los yanquis te pagan novecientos mil dolares por tu guión, que para ellos es como nada, se lo dan a otro escritorzuelo de Nueva York, que les va a cobrar cuatro veces más que yo, para que le mutile la parte intelectual, la ironía sutil, y el escaso buen gusto que yo haya podido inocularle, y lo convierten en una basura de éxito internacional que recauda chorrocientos millones de dolares más de lo que me pagaron a mí, que es un vueltito, pero yo con eso me paro para el resto del viaje, y me garantiza una rentita vitalicia, y no laburo nunca más. Además, mi nombre sale en letra de molde, en alguna parte al final de los créditos, por haber sido el pobre sudaca que tuvo el embrión de idea, aunque no pudo hacerlo GRANDE, y por ello le vendió el libreto a los yanquis (aunque eso no sale impreso GRANDE). Y por eso el capitalismo es perfecto en su dinámica, y su inexorable lógica hace que mi humilde idea de que La Empanada podía resistir fuera ingenua, y por eso Salta ya no existe. Culpa de que unos chispazos neurales de mi pobre cerebro simiesco produjeron la ingenua y curiosa idea, muy mediana para el estándar yanqui, de que no era factible una franquicia que lleve por marca registrada: La Empanada.

Anonadado, habiendo encontrado un ejemplo concreto, y tangibilizable al absurdo, de la astucia de la razón de Hegel, entendió para siempre que, como lo había sospechado desde un principio, el universo era una gran conspiración, aunque berreta. La Bizarra y huerfanamente conspirativa revelación lo dejó en estado de pavor y temblor por más tiempo del que es recomendable para la salud mental. Aunque la plata que le pagaron para escribir el libreto, junto con un pasaje para huir de Salta ante la destrucción inminente, amen de unos buenos whiskies cada vez menos espaciados entre dosis y dosis, le mantenían la consciencia masomenos anestesiada. De vez en cuando un paseo por la mansión de Heff, fumando uno que otro churro, lo hacía olvidarse completamente de todo.