Es más fácil que yo quede
como el villano. Mucho más fácil. Mi cara de orto no ayuda mucho, ni tampoco
mis introversiones. Nunca entendió, nunca entenderá, la mayor parte de la
gente. En realidad soy tímido, y me cuesta mucho entrar en confianza. Así que
la sentencia es fácil. La culpa debe ser mía. Yo soy el villano y punto. O eso creerá
la mayoría.
Lo bueno de las microheridas
es que quien las inflige sale indemne en la condena pública. Sobre todo los
buenos actores. Mal que nos pese, somos una especie superficial. Y nos estamos
haciendo peores en eso. Lo que no es visible, no existe. Pero bajo el velo de
una llamada, unos mensajes, unas conversaciones íntimas pueden esconderse
océanos de ofensas y pequeñas saetas que te van comiendo por dentro. No es
visible, dice la mayoría. Ergo, no existe.
Recuerdo las miles de veces
en que hubiera querido disminuir la distancia. Distancia física, básicamente.
Después, también, distancia espiritual y emocional. Me recuerdo a mí mismo
obsesionado por lograrlo. Pensé durante un tiempo que lo lograría. Un día me
cayó como un balde de agua fría. No es posible. No va a pasar. Y supuse que me
podría acostumbrar a eso también. Pero no pude. Me miré por dentro y encontré
algo que me desagradó profundamente. Una bestia necesitada y suplicante. Casi
indigna. No me gustó. No me gustó nada. Pensé que debía dejar de rogar y
suplicar. Eso sí lo logré. Pero a costa de un precio muy alto que todavía estoy
pagando: la tristeza que siento en la distancia absoluta, casi metafísica.
Cuando me enfrento con estas
cosas vuelvo a entender que una de las figuras del mal tiene que ver con
ciertas configuraciones móviles. De cosas que uno cree que pueden advenir, y
trata de apurar, pero que están condenadas al fracaso. Es lo que yo llamo
perfiles que no terminan nunca de resolverse en figuras. Un perfil promete
mucho, uno espera el resto de la cosa. Pero en realidad es sólo eso, un perfil.
Una promesa. Y en muchos casos una de esas que no se cumplen. Está la parte que
sí te gusta, y mucho, y esperás que llegue el resto… Pero no hay tal. What you see is what you get. Period.
El problema de estos perfiles promisorios es que uno puede enamorarse
de ellos. Es muy fácil convertirlos en nuestra monomanía cotidiana. En nuestra
obsesión íntima y secreta. Eso que no confesaríamos tan públicamente. Nos
enamoramos del escorzo que nos es dado, pero también de lo que nosotros ponemos
como complemento de ese escorzo. De eso cuyo arribo esperamos con desnuda
puerilidad, para vergüenza de nosotros mismos en las etapas postreras al
inevitable desengaño.
Sé que cada cosa que puse en esta última ilusión fue genuina. Sin
ahorros, sin ventajas, sin segundas intenciones. Con la misma intensidad y
entrega que había jurado, mientras escuchaba algunas letras de tango, reservarme
para nunca jamás. Vuelve la hora de hacer el mismo juramento, mientras uno pide
otro trago en la cantina, sabiendo que no podrá cumplirlo la próxima vez. Bajo
la mirada atenta de todos los que me escupirán gestos de desaprobación sin
saber un carajo de nadas. Es mi destino y lo asumo. Estoy volviendo a
enamorarme de mi destino, aunque de a ratos me olvide y tenga ganas de volver a
encadenarme a cierta boca, cierto aliento, cierto perfume que no ha dejado de
noquearme.

1 comentarios:
Es casi una confesión,me parece, pero se asemeja tanto a los sentimientos que me asaltan tantas noches...Si, a un escalofrio,que asuta y oprime, que quema y desvela. Lo más triste,me revela la inutilidad de ese deseo...Ya no intento explicármelo,no quiero...Solo se que el nunca lo hará, no saltará la brecha insondable que nos separa...A veces lo sueño inocente,indemne, ajeno a todo lo que me sucede...
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