viernes 25 de marzo de 2011

Mi doble encuentro con Sartre


FILOSOFÍA, SEGUNDO AÑO


La materia Ética se cursaba en segundo año de mi carrera de filosofía. Por aquel entonces, debo decirlo hinchado de orgullo, éramos discípulos de la noble docente, militante y poetisa Teresa Leonardi Herrán, a quien aprendimos a llamar, cariñosamente, Kuky. De las conversaciones con amigos de la época he constatado que no soy el único influido profundamente por ella. Una clase de Ética es básicamente teórica, pero Kuky podía darle sustancia con su solo ser en el mundo. Allí hemos estudiado a Aristóteles, Kant, y otros del canon básico. Pero recuerdo con cariño mi primer encuentro con Sartre, a quién "la Kuky" recomendaba calurosamente.


He de confesar que algunos allegados ya habían intentado persuadirme de leer a Sartre, con La náusea o escritos menores. Tanto los recomendantes como lo recomendado me daban cierta impresión de snobismo, así que demoraba deliberadamente el encuentro. Pero si lo recomendaba la Kuky algo debía tener de bueno y, después de todo, había que estudiarlo para pasar la materia.


En un primer momento me encarnicé con La náusea, que aún sigue siendo una de mis novelas favoritas. Después devoré, una tras otra, obras de teatro: manos sucias, moscas, puta respetuosa... Para la materia leíamos la vulgata redentora, aunque perdonable, de Sartre: el existencialismo es un humanismo. Mientras tanto peleaba a marchas forzadas con el ser y la nada. Voluminoso, de letra pequeña, e impenetrable, como dice Feinmann en La sangre derramada, desde la primer página.


La Kuky me regaló, después, algún libro y varias fotocopias: situaciones, y algo más que anda por ahí. Sabía que me gustaba, por aquel tiempo, leer a Gramsci, así que también me regaló el excelente Las antinomias de Antonio Gramsci de Perry Anderson. Era mucho mejor persona de lo que el mundo hoy me deja ser, y estar en el entorno de ella por un breve tiempo me hizo aún mejor. También nos enseñaba filosofía antigua. Y lo poco que me ha gustado Platón (gran filósofo, por otra parte...) ha sido mérito de mi distinguida profe, que sabía aprovechar cierta belleza poética de los diálogos para romantizarnos en mágicas tardes de años en que se apagaba el último siglo, el que, dice Bernard-Henri Levy, era el siglo de Sartre.


Algunas cosas habremos aprendido de la libertad, la mala fe, los proyectos, el compromiso, el hambre de los niños, los huracanes sobre el azucar, los amores extraños y poco burgueses, y la escritura como forma de combate.


El recuerdo de algunas personas queridas con las que compartimos lecturas siempre mantiene vivo, en mi corazón profundamente escéptico, algún resto de esperanza en cada para sí que se abre a su libertad para compartirla con otros.


EL TRISTE 2005


El 2001 fue un año desesperanzado. De convulsiones políticas y devaluaciones monetarias.


El 2005 fue peor. Fue el año en el que entendí lo que es necesitar desesperadamente un amor que se nos niega. El año en que me hice escéptico, también respecto del amor.


Mientras daba tumbos por la existencia intentando hacer pie un rato, disimulando cordura, me encontré rehaciendo lecturas por otros medios. Recuerdo encontrar en una batea de ofertas de libros de supermercado un ejemplar de El siglo de Sartre de Bernard-Henri Lévy. De pronto me encontraba de nuevo sumergido en el universo sartriano. En su extraño amor con Beauvoir, con las chicas, sus distintas militancias, sus escrituras infatigables. BHL lo maquilla, lo convierte en un seductor, lo golpea, lo bastardea, lo reivindica. Termina sacando siempre un balance positivo. Le recrimina su estalinismo de los cincuentas y setentas, lo alaba por sus filosofías de posguerra y de la época de la ceremonia del adios. Un Sartre del medio que no le gusta, pero al que todavía le encuentra virtudes, especialmente cuando escribe de literatura. Un Sartre que emerge magnífico y ejemplar de la resistencia, un Sartre viejo decrépito, que aún así vuelve a lanzar los dados para apostar, una vez más, a no ser sistema, a ser pensamiento vivo. No me importa entrar en la discusión filológica sobre la pertinencia de las interpretaciones de BHL. Aunque se haya inventado un Sartre a su medida, y qué otra cosa hacemos muchas veces a sabiendas o no, era el Sartre que yo necesitaba en esos gélidos días del invierno de 2005 mientras, por otro lado, leía a marchas forzadas, y con el corazón un poco encogido y sin bríos, a Heidegger para rendir Metafísica (finalmente aprobé con 10).


También encontré en las páginas de JPS-BHL la meditación sobre el mal que necesitaba. El mal incurable del mundo, el mal metafísico en el que también Sartre parece creer. El mal que me acortaba la respiración por momentos y me hacía el mundo insoportable. Y la esperanza de encontrar, como Roquentin, en las últimas páginas, un nuevo proyecto con el que quebrar la putrefacción del estancamiento que entonces sentía. Saber que el filósofo especialista en describir con escalpelo de fenomenólogo las lacras de la existencia podía sacudir con la risa y el baile, con la acción elegida y la soberana libertad, la pesadez de todos los melancologios. Eso y muchas cosas más. Idas y vueltas entre aquellos textos de JPS, a los que tenía que quitarle polvo, y la envolvente narración de BHL. La subversión de su escritura, sin miedo al cliché y a los subibajas. Sin pretensión de sistema. Una lectura que, quizá apenas consintiéndolo, yo convertí en lectura sentimental.


Y otra alma que viene con el paquete de Sartre.

Que no tiene nada que ver con el proyecto, la liberta ni la mala fe.


ELLA que estaba, en ese momento, tan sola e, intuyo hoy, quizá tan lastimada como yo, y consintió en acompañarme unos ratos. Y, para mi sorpresa, descubrí en una cena que podíamos hablar de Barthes, de fútbol, de John Lee Hooker y de la filosofía del derecho, que ella conocía mejor que yo. Ella era mucho más cool y exquisita que un pibe de barrio, y sonrió torcido irónicamente cuando le conté de mi pasión transitoria por Sartre. Ya sé, le dije, está pasado de moda para la academia y la critica cultural estilo "Ñ". Y sí, me dijo. Francamente, está pasado de moda. Sus cabellos rubios, no sé si semicortos o semilargos, eran geniales. Su sonrisa, hipnótica. Su cuerpo reflejando la luz de la luna, que emerge detrás del pino, en una habitación que aún hoy habito; regalo magnífico que agradezco, sin poder olvidar. Me hizo olvidar mi otro vacío, al menos un rato. Tomaba chandon de la botella. Después me agarraba del cuello y me besaba en el auto-invierno. Y se reía de mi pasión por Sartre.


EPILOGO


Relamente no sé si me gusta tanto Sartre, o si estoy de acuerdo con sus filosofemas. El negro Dolina hablaba de aquellos tangos que no sabemos si nos gustan por sus virtudes poéticas y musicales, o por las extorsiones emocionales que no podemos divorciar de ellos. Pancepción decía un científico: en la cocina materna una canción, que se graba a fuego el resto de la vida. Es la canción, o el patio que añora Borges, un Patio-Padre, maquina deleuziana de instalarnos en nuestras melancolías que algunos le dicen Historia, Yo, o algo parecido.


Creo que hay unas verdades filosóficas en Sartre. Creo también que hay, por y a pesar de Sartre, unos destellos y pedazos de sujeto, allí sujetos. Por siempre.