Al final pensás que desapareció la onda. Se te ocurre que algo hice para alejarte. El problema es que la magia nunca estuvo. Jugamos un rato a que nos escuchábamos pero, como casi siempre ocurre, hablábamos de otra cosa. No es ni culpa tuya ni mía. Vos pensás que es culpa mía, pero no. Yo no te debo nada. A veces no me doy cuenta, y hago lo posible por explicártelo. Hago lo posible por quedarme sin culpas. Después me doy cuenta de que caí otra vez en esa ilusión estúpida. Nos dicen las políticas de la diplomacia que cuando nos despolarizamos es porque hicimos algo que está mal. Y, la verdad, en nuestro caso, lo único que hicimos es ser cada uno como más no puede ser. Irremediable ¿Triste? No sé. A esta altura de mi vida empiezo a pensar que no.
Puede ocurrirnos a veces que una lluvia nos encuentre bajo el mismo techo ¿Y qué? Eso no nos obliga a gustarnos. Es bueno que nos civilicemos un poco e, hipocresía piadosa mediante, nos aguantemos bien mientras dura el chubasco. Después ni falta hace que hagamos de cuenta. Eso sí, sigo creyendo en las virtudes de la cortesía. Pienso saludarte bien. Después de todo, la altura no es cuestión que tenga que ver con vos, sino más bien conmigo. Creo que mi abuelita no aprobaría que sea un guarango cualquiera. No es tu caso, pero me pasa con varios. Ya sé que no me soportan. Yo les devuelvo la gentileza no soportándolos tampoco. Pero eso no me impide un respetuoso ademán cada vez que nos cruzamos en un pasillo. Más allá de todo eso, no es el caso ahora.
El caso con nosotros es que se nos ocurrió que podíamos congeniar. Resulta que no. No te pongas melindroso porque me da más ganas de agarrarme la panza de la risa. Sí, a costilla tuya. Directamente pasemos de largo a la calle que a cada uno le gusta más. El mundo es lo bastante grande como para contenernos a los dos. La mayor parte del tiempo ni siquiera nos vamos a encontrar. Que te garúe finito. Y, sin una pizca de ironía, te deseo lo mejor de lo mejor.
miércoles 10 de marzo de 2010
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